La Dignidad de los Recuerdos

Caminaba yo por la plaza, allí donde el tiempo parece detenerse entre las piedras; sentada entraba una señora afligida y agobiada.
Cuando mis ojos se detuvieron en una escena de una fragilidad conmovedora.
Mis piernas se pararon al ver aquel traguin que la señora tenía.
Una mujer, con las manos marcadas por el mapa de los años, forcejeaba con ternura y desesperación, intentando devolverle los brazos a su muñeca.
No era un juguete; era el receptáculo de sus amores, un fragmento de vida que se negaba a quedar incompleto.
Al ver su lucha silenciosa, no pude seguir de largo.
Me acerqué con el respeto que se le debe a lo sagrado y, con la delicadeza de quien escribe un verso sobre el cristal, tomé aquellas piezas y se las coloqué en los brazos.
Sentí bajo mis dedos el encaje de la historia y la firmeza de un abrazo recuperado.
Entonces, ocurrió lo más hermoso: la señora me miró y me dio las gracias.
En la sencillez de su voz y en el brillo de sus ojos, comprendí que no solo había reparado un objeto de loza o trapo, sino que había ayudado a sostener un recuerdo que se desmoronaba.
Me alejé en silencio, sabiendo que en esa plaza, por un instante, la poesía no necesitó papel, pues se escribió directamente en el alma a través de la gratitud.
Autor: © Santos Rojo Montero
Administrador fundador del grupo.
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Publicada: 18/01/2026
Cáceres (España)

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